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Sunday, August 6, 2017

Vivir la transfiguración

Notas para una homilía en la fiesta de la Transfiguración del Señor.

Mateo 17, 1-9


Ahora, Señor, podrás ser tú glorificado
tal como antes allá en el monte Tabor,
cuando tú veas a este pueblo transformado…
Gloria de la Misa Popular Salvadoreña


Muchas veces no podemos reconocer la realidad alrededor de nosotros. A veces nos confundimos y no vemos a la persona a nuestro lado por quien es.

Los discípulos de Jesús andaban con él por mucho tiempo. Para ellos, él era un profeta, un hombre que sanaba a los enfermos, un maestro que hablaba en el estilo de los campesinos, un hombre lleno de compasión. Pero, no pudieron ver que él, siendo una persona humana, también es Dios.

Hoy celebramos la fiesta de la Transfiguración, cuando Jesús manifestó a su divinidad en el Monte Tabor en la presencia de sus tres discípulos más íntimas. Allí, escucharon la voz del Padre, “Este es mi Hijo muy amado… escúchenlo”.

Jesús es una persona humana como nosotros. Pero también es Dios, es el Hijo de Dios. Es Dios hecho carne.

Pero, escuchen la oración de la misa hoy:
…nos dejaste entrever la gloria que nos espera, como hijos tuyos.
…concédenos seguir el Evangelio de Cristo para compartir con él la herencia de tu Reino.

Como escribió San Antanasio:
      Dios se hizo ser humano para que podamos ser divinos.

Y como dice El Catecismo de la Iglesia, no 460:
El Verbo se encarnó para hacernos "partícipes de la naturaleza divina": "Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios".

Somos hijos de Dios, hechos en la imagen de Dios; Dios quiere transformarnos en verdaderos hijos e hijos de Dios como Jesús, su Hijo amado – pero muchas veces nuestro destino como hijos e hijas de Dios se esconden.

A veces la imagen se esconde por nuestros pecados. No vivimos como hijos de un Dios de amor y misericordia, un Dios entregado a los demás, un Dios que dio su vida para que vivamos. A veces tenemos un espíritu mezquino, un estilo de vida que está limitado a nuestros deseos, a nuestros placeres, a nuestra visión del mundo. No abarca el amor de Dios para todos – aún para enemigos.

A veces se esconde por la sociedad, por las fuerzas mezquinas del mundo. En las palabras de un canto salvadoreño:
...los dioses del poder y del dinero
se oponen a que haya transfiguración…

Hay instituciones, hay estructuras, hay ideas culturales y políticas, que – por sus políticas – disminuyen la dignidad de los hijos de Dios, despreciándolos y aun matándolos.

También, se esconde la imagen de Dios en nosotros, cuando nos cerramos a la voz de Dios. Y por eso, tenemos de tomar en cuenta las palabras que los discípulos escucharon en el monte:
Escúchenlo.

Cuando llenamos nuestra vida con bulla, con diversiones, no dejamos espacio por la voz de Dios. Tenemos que dejar un espacio en nuestras vidas por Dios, guardando momentos de silencio, no solamente en la iglesia, sino también cuando estamos trabajando en la cocina o la milpa – en cada lugar donde nos encontramos.

Dios está allí – aquí. Tenemos que dejar el espacio para que Él penetre nuestras defensas.

Pero, hay más.

Pedro, mirando Jesús transfigurado, dijo:
¡qué bueno sería quedarnos aquí!

Pero, inmediatamente después, escucharon la voz de Dios y los discípulos “cayeron rosto en la tierra, llenos de un gran temor”.

Tal vez, tienen un temor reverencial frente a la presencia de Dios. Pero, puede ser que tenían miedo de seguir adelante.

Tal vez, como dijo Pedro, quisieron instalarse allá en el monte, evitando las dificultades de vivir una vida transformada por Cristo en las tareas cotidianas.

Tenemos que vivir la transfiguración en todo lo que hacemos – no solamente en el monte o en la iglesia.

Tenemos que vivir nuestro destino de hijos e hijas de Dios – cuando rezamos y cuando  trabajamos, en la iglesia y en la escuela y colegio, en la cocina y en la finca, en nuestras relaciones dentro de la familia y con nuestros vecinos.

¿Cómo va a vivir la transfiguración en su vida esta semana?

Quiero compartirles las palabras de Carlo Carretto, hablando de la vida resucitada, que es la vida transformada por Cristo resucitado:

Todo compromiso aceptado es un acto de fe en la resurrección.

Cuando perdonas a tu enemigo,
cuando acallas el hambre del hambriento,
cuando defiendes al débil,
crees en la resurrección.

Cuando tienes el valor de casarte,
cuando aceptas al hijo que nace,
cuando construyes tu casa,
crees en la resurrección.

Cuando te levantas sereno por la mañana,
cuando cantas al sol que nace,
cuando vas al trabajo con alegría,
crees en la resurrección.


¿Cree en la vida transfigurada pro Cristo? ¿La vive?

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La foto es de la copia de la Transfiguración del pinto Rafael en la Basilica de San Pedro en el Vaticano.

Tuesday, January 17, 2017

Bautizados en el Espíritu

Isaías 49, 3.5-6
Salmo 39
1 Corintios 1, 1-13
Juan 1, 29-34

Notas para una homilía, segundo domingo tiempo ordinario A,
en la iglesia de San Antonio, Dulce Nombre de Copán, Honduras 

Escuchando las lecturas de hoy podemos pensar de dos preguntas:
      ¿Quién es Jesús?
      ¿Quiénes somos?

En el evangelio, Juan, encontrándose con Jesús, lo identifica como “Cordero de Dios”.
      Recordando el cordero de la Pascua de los judíos y su éxodo de la esclavitud de Egipto
Recordando el profeta Isaías que identifica el siervo de Dios como un cordero llevado al matadero.

El Cristo, el Mesías, Jesús, ha venido para dar la vida. Es un Dios de tanto amor y misericordia que murió por nosotros. No es un dios que regaña, que acusa, que mata – es un Dios de la vida, que se entregó la vida, derramando su sangre por nosotros.

El profeta Isaías nos da dos otras perspectivas del Cristo.
      Es siervo de Dios, que manifiesta la gloria de Dios en el servicio.
Como Jesús dijo, “No he venido a ser servido, sino a servir y dar la vida para el rescate de los muchos”.
Viene como servidor, para abrir los caminos de misericordia.
Es luz de las naciones, “para que mis salvación llegue hasta los últimos rincones de la tierra”.
Es un Dios para todos, especialmente los que andan en las tinieblas.
Viene para abrazar todo el mundo, mostrando en su persona la Luz de Dios.

También Jesús es el que ”ha de bautizar con el Espíritu Santo”.
      El bautismo de Juan era un bautismo de arrepentimiento, de conversión.
Pero, el bautismo de Jesús es diferente. Lastimosamente, no hemos entendido bien este bautismo de Jesús. Pensamos que es solamente un bañado para quitar el pecado.
Si es, pero es más.
El bautismo con el Espíritu Santo: “”La metáfora sugiere que Jesús comunica su Espíritu para penetrar, empapar y transformar el corazón de la persona”.

San Pablo dice que Dios nos “santificó en Cristo Jesús” y nos hace “su pueblo santo”. Bautizados con el Espíritu Santo somos injertados en Cristo, somos adoptado por el Padre como “hijos e hijas de Dios” y somos llenados del Espíritu.

Entonces, ¿Quiénes somos como bautizados con el Espíritu de Jesús?

Somos un pueblo nuevo, un pueblo santo.

Y, por eso, debemos vivir como un pueblo nuevo y santo.

Hemos sido bautizados con el Espíritu. Pero, ¿qué quiere decir eso?
Escuchamos las palabras del Padre José Antonio Pagola:

      El Espíritu de Jesús es «Espíritu de vida».
            Por eso… El Espíritu puede potenciar en nosotros una relación más vital con él.

      El Espíritu de Jesús es «Espíritu de verdad».
No dejamos engañar por falsas seguridades. Recuperar una y otra vez nuestra identidad irrenunciable de seguidores de Jesús. Abandonar caminos que nos desvían del evangelio.
      El Espíritu de Jesús es «Espíritu de amor»,
[Un amor] capaz de liberamos de la cobardía y del egoísmo de vivir pensando sólo en nuestros intereses y nuestro bienestar. Dejamos bautizarpor él es abrirnos al amor solidario, gratuito y compasivo.
      El Espíritu de Jesús es «Espíritu de conversión» a Dios.
Dejamos bautizar por Jesús significa dejamos transformar lentamente por él. Aprender a vivir con sus criterios, sus actitudes, su corazón y su sensibilidad hacia todo lo que deshumaniza a los hijos e hijas de Dios.
      El Espíritu de Jesús es «Espíritu de renovación».
Dejarnos bautizar por él es dejamos atraer por su novedad creadora. El puede despertar lo mejor que hay en la Iglesia y darle un «corazón nuevo», con mayor capacidad de ser fiel al evangelio.

¿Dejamos que el Espíritu de Jesús nos penetre?
      ¿Dejamos que la novedad de fe en Cristo nos impulse?

¿Estamos dispuestos a decir lo que dicen los que van a ser bautizados o confirmados y que hemos rezado en el salmo responsorial?

“Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.