Sunday, February 4, 2018

La diaconía de la suegra y la nuestra


Notas para una homilía, quinto domingo del tiempo ordinario, ciclo B

Cuando estamos enfermos, en cama, muchas veces nos sentimos aislados, solos, sin ayuda – como escuchamos en las palabras de Job en la primera lectura.
“…se me han asignado noches de dolor… La noche se alarga y me canso de dar vueltas hasta que amanece. Mis días … se consumen sin esperanza”.
Hace nueve días fui a San Agustín para visitar a algunos enfermos y ancianos. Hay muchos enfermos allá y hay una sola ministra extraordinaria de la comunión para visitarles. Allá me encontré con una persona que vive sola, parcialmente paralizada, sin nadie que le ayude. Le pedí a la ministra que platique con el consejo comunitario de la iglesia para le lleven comida las comunidades de base – a lo menos varias veces por semana. Aunque no vi ninguna amargura en él, sentí que él se sentía solo.

En el evangelio, encontramos a Jesús. Saliendo de la sinagoga, entró en la casa de Simón y Andrés y allá se encontró con la suegra de Simón – en cama, con fiebre, casi muerta.
“Él se acercó, y tomándola de la mano, la levantó…”
La tocó. Él le tomó de la mano, un gesto de ternura. No la sanó de lejos. El toque de mano con mano – es lo que todos necesitamos, más que todo los enfermos, los aislados.

Pero, había más.
“y ella se puso a servirles”.
La palabra griega es “diaconar” -  διηκόνει αὐτοῖς. Ella es la sierva del pueblo - de Jesús y su familia. En ella veo el ministerio de la diaconía. Ella, como mujeres, se puso a servir a los demás.

Ella también sabía que su sanación le reintegró en la comunidad. Y, por eso, no se quedó sola. Tal vez ella había experimentado la soledad. Ahora sanada, quiere compartir con la familia y con Jesús.

La sanación que nos da Jesús nos llama a levantarnos y servir.
Todos nosotros estamos heridos, sentimos solos – de vez en cuando. Pero, el mensaje del evangelio tiene dos mensajes para nosotros.

1.     Jesús nos toca y nos sana, rescatándonos de la soledad.
2.     Pero, Jesús nos sana para que podamos ir, tocándoles a los enfermos, los hambrientos, los perdidos en la soledad o, aún, en el pecado.

Entonces, dejemos que Jesús nos toca para sanarnos como la suegra de Simón y, levantados de la cama, salgamos a servir.

Así sea.

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“Santa Clara fue de tanta humildad

que lavaba los pies a las hermanas
…y se los besaba.”



Saturday, February 3, 2018

La virgencita - Suyapa


Notas de una homilía en la fiesta de Nuestra Señora de Suyapa
3 Febrero de 2018

Genesis 3, 9-15.20; Romanos 12, 9-16; Juan 19, 25-27

La imagen de la virgen María de Suyapa es pequeña – apenas 6.5 centímetros.

Hay visto las imágenes por años, pero hace dos semanas vi la imagen sin sus lujosos vestidos, Ella es una pequeña sencilla campesina, con la belleza de una campesina, no de una dama. Porque María no es la mujer de poder y dominación, ni de violencia y dinero.

En la primera lectura, escuchamos la tentación de Eva y Adán:

La serpiente les prometió que sean como dioses – no el Dios de la vida, sino los dioses del poder y dinero, de dominación. Y, por eso, cuando Dios les preguntó, Adán echó la culpa a Eva, y Eva la echó a la serpiente. Se aislaron – se individualizaron. No tomaron la responsabilidad. El pecado nos separa de Dios y de los demás.

Pero, María es diferente. Ella asumía la responsabilidad en toda la vida; ella respondió a Dios con toda su vida.
     
En el evangelio de hoy, escuchamos que, junto a la cruz, aceptó el discípulo como su hijo – como Jesús se lo entregó. Es algo que hacía toda la vida. Se asumió la responsabilidad con Dios y con los demás.
     
Cuando llegó el ángel Gabriel, ella dijo sí, “Soy la esclava del Señor”.
     
Cuando se enteró de que su familiar Isabel estaba con niño, María dejó la comodidad de Nazaret para ayudarle a ella.

Cuando ella le dio a luz a Jesús en Belén, acogió a los pastores y a los reyes magos.
     
Después la resurrección y la ascensión de Jesús, se unió con los discípulos en el Cenáculo, esperando  la venida del Espíritu Santo.
     
Ella acompaño a la comunidad de discípulos de Dios y todavía nos acompaña. Y cuando aparece, se manifestó más que todo a los pequeños, las humildes.
     
Ella no buscó el poder; buscó el amor, la solidaridad.
     
En ella, Dios nos manifiesta la gracia del amor, de la solidaridad, de la humildad. Y nos invita a ser instrumentos de su Reino.
     
¿Cómo?
     
La segunda lectura de San Pablo nos da los índices, las pistas de esto estilo de vivir – como discípulos, discípulas de Cristo – como María
      Que el amor de ustedes sea sincero.
Aborrezcan el mal y tengan pasión por el bien.
En el amor entre hermanos demuestren cariño
Honran a los demás más que a ustedes.
Que la esperanza los mantenga alegres – no con caras de vinagre.
Sean constantes en la tribulación u perseverantes en la oración, porque vamos a experimentar dificultades en la vida.
Ayuden a los hermanos en sus necesidades
Practiquen la hospitalidad.
Bendigan a los que los persiguen…
Alégrense con los que se alegran;
Lloren con los que lloran.
Vivan en armonía, unos con otros.
No sean, pues, altivos: No busquen grandezas.
más bien pónganse al nivel de los humildes.
            Sino que vayan a lo humilde.