Saturday, July 24, 2021

La abundancia de Jesús

Pan y peces para todos

17º domingo, Tiempo ordinario, ciclo B 
 2 Reyes 4, 42-44, Efesios 4, 1-6 Juan 6, 1-15
Notas para una homilía
Ambrosius Francken I, Public domain, via Wikimedia Commons

Frente a las dificultades de la vida, muchas voces dicen, “No pueden”, “No pueden cambiar”, “Tenemos que aceptar lo inevitable”. 

Este fatalismo nos hace paralizados, incapaces de actuar, estancados en la situación actual”, aceptando la injusticia del mundo.

Los poderosos, los ricos, a ellos les gusta esta actitud de fatalismo. Dicen que no tenemos los recursos a hacer la justicia – cuando están gastando miles y millones en proyectos que solamente les aprovechan.

Hoy en la primera lectura y en el evangelio, escuchamos voces como de ellos. 

 Alguien le dio a Eliseo veinte panes, Pero, su criado se quejo, “"¿Cómo voy a repartir estos panes entre cien hombres?" 

En el evangelio, miramos a Jesús, mirando con compasión a la multitud – miles de personas …le dijo a Felipe: "¿Cómo compraremos pan para que coman éstos?" 

Felipe, pensando solamente en la dificultad de alimentar tanta gente, y como un economista o empresario, pesando del precio, le respondió a Jesús:
"Ni doscientos denarios bastarían para que a cada uno le tocara un pedazo de pan".
Pero, la lógica de Jesús es muy diferente.

No importa el gasto, lo importante es darles a comer.

Él, también, tiene confianza en su Padre que es un Dios de abundancia y no de escasez.

Andrés encuentra con un niño y le dijo a Jesús:
"Aquí hay un muchacho que trae cinco panes de cebada y dos pescados. Pero, ¿qué es eso para tanta gente?"
"Cinco panes y dos pescaditos. Te burlas de nosotros, Jesús". 

 Pero, en los ojos de Jesús, no es una broma. 

Como escribió José Antonio Pagola,
“Para Jesús es suficiente. Ese joven sin nombre ni rostro va a hacer posible lo que parece imposible. Su disponibilidad para compartir todo lo que tiene es el camino para alimentar a aquellas gentes. Jesús hará lo demás. Toma en sus manos los panes del joven, da gracias a Dios y comienza a «distribuirlos» entre todos”.
Nada es demasiado poco. Cada gesto tiene su valor y puede cambiar el mundo. Cada persona puede dar lo poco que tiene. 

Pienso, primero, del muchacho. Dio los panes y peces a Jesús y en momentos hay comida para todos – y mucha sobra. Yo puedo ver la sonrisa en su cara, la alegría en su corazón, el asombro en su alma. “Dios ha hecho mucho de los poco que compartí”. 

El Reino de Dios, hecho presente en este momento con la generosidad del muchacho, es tan diferente de los reinos de los poderosos y ricos. En las palabras de Dorotea Day:
La gente dice, "¿Qué bien puede hacer una persona? ¿Cuál es el sentido de nuestro pequeño esfuerzo?" No pueden ver que debemos poner un ladrillo a la vez. Solo podemos ser responsables de la única acción del momento presente. Pero podemos pedir un aumento del amor en nuestros corazones que vitalice y transforme todas nuestras acciones individuales; y podemos saber que Dios tomará nuestras acciones y las multiplicará, como Jesús multiplicó los panes y los peces.
Cada uno de nosotros tenemos algo que compartir – no solamente tortillas o pan, sino podemos compartir nuestra vida con otros, acompañándolos en sus tiempos difíciles, sentados a sus lados, escuchándolos. Tenemos el poder de el amor de acompañar, de escuchar, de luchar al lado de ellos. 

Hoy, la Iglesia celebra la primera jornada mundial de los abuelos y de los mayores.

Ustedes saben la importancia de los abuelos, las abuelas en nuestras comunidades. Muchas veces ellos sostienen las familias, rotas por la pobreza, por el abandono, por la migración. Nos muestran lo que Dios quiere – un mundo, una aldea, una iglesia, una familia donde cada uno puede realizar sus sueños, contribuir lo que tiene, desarrollar los dones que Dios nos ha dado para que seamos una comunidad de amor y de la justicia.

Hoy, recordando nuestras abuelas y abuelos, podemos aprender como vivir la visión de Jesús - de un mundo que, valuando a cada persona, nos da la oportunidad de trabajar con Jesús, compartiendo pan, dándoles de comer - no solamente pan, sino la esperanza y el amor.
 

Friday, March 19, 2021

San José

Borrador de una homilia.

Soy un tipo que no quiero cambiar mis planes. Pero no solo yo. A muchos nos cuesta cambiar lo que íbamos a hacer. 

Entonces San José me desafía. Él estaba dispuesto a oír la voz de Dios – 4 veces un ángel lo visitó en un sueño con mensajes. Cambió sus planes. 

Sus planes no eran malos, sino a veces Dios quiere que no estaquemos y que salgamos de la comodidad de nuestros buenos planes. 

 “Es el hombre marginado, en la sombra. El hombre de la silenciosa disposición de ayuda y con éxito en la misma. El hombre en cuya vida interviene constantemente Dios con nuevas órdenes y misiones. Sus planes personales quedan subordinados y silenciados”. (Alfred Delp) 

La primera situación fue probablemente lo más difícil. José, desposado con María. Pero, ella está embarazada. ¿Qué hacer? Siendo un hombre justo, decidió “dejarla en secreto”. Si la había denunciado, María habría sufrido mucho – tal vez apedreada. Era algo bueno que escogió. 

Pero Dios quiso más: recíbela en su casa. José la acogió “sin poner condiciones previas. Confió en la palabra del ángel”. (Papa Francisco) Aceptó la voluntad de Dios – a pesar de sus miedos, sus inquietudes. La aceptó y aceptó las responsabilidades de ser “padre” de Jesús. 

¿Cómo vivía sus responsabilidades? 

• "Jesús vio la ternura de Dios en José". (Papa Francisco) 

• El fue muy respetuoso de la mujer:

«La nobleza de su corazón le hace supeditar a la caridad lo aprendido por ley; y hoy, en este mundo donde la violencia psicológica, verbal y física sobre la mujer es patente, José se presenta como figura de varón respetuoso, delicado que, aun no teniendo toda la información, se decide por la fama, dignidad y vida de María. Y, en su duda de cómo hacer lo mejor, Dios lo ayudó a optar iluminando su juicio». (Papa Francisco) 

• El fue servicial 

• Fue un hombre fiel – 

 “José nos enseña que tener fe en Dios incluye además creer que Él puede actuar incluso a través de nuestros miedos, de nuestras fragilidades, de nuestra debilidad. Y nos enseña que, en medio de las tormentas de la vida, no debemos tener miedo de ceder a Dios el timón de nuestra barca. A veces, nosotros quisiéramos tener todo bajo control, pero Él tiene siempre una mirada más amplia”. (Papa Francisco) 

• José fue un hombre sencillo, que sabía escuchar, que estaba siempre dispuesto a hacer lo que Dios lo pidió y vivía la santidad en la oscuridad de la vida diaria. 

Todos nosotros – padres de la familia, madres, abuelos y abuelitas, y incluso los sacerdotes y diáconos y religiosas, en su celibato, están llamados a ser como José. 

En su carta apostólica, el Papa Francisco escribió: 

 "Nadie nace padre, sino que se hace. Y no se hace sólo por traer un hijo al mundo, sino por hacerse cargo de él responsablemente. Todas las veces que alguien asume la responsabilidad de la vida de otro, en cierto sentido ejercita la paternidad respecto a él".

 

dibujo de Agustín De La Torre


Más dibujos de Agustín De La Torre se pueden encontrar en su página de Facebook. 

Saturday, February 6, 2021

Diaconando a los enfermos - la suegra de Pedro

Quinto Domingo Tiempo Ordinario Ciclo B 

...se puso a servirles

borrador de una homilia

Job 7, 1-4. 6-7
Salmo 146, 1. 3. 4-5. 6-7 
1 Corintios 9, 16-19. 22-23 
Marcos 1, 29-39 


 Como atendemos a los enfermos dice mucho de que somos – personalmente, como comunidad y como iglesia.

Yo he visto familias que cuidan a los enfermos y ancianos con mucho cariño, atendiendo a sus necesidades – dándoles a comer, lavándolos, cambiando pañales y más. Conozco a personas que han dedicado su tiempo para cuidar un familiar – un joven en una aldea, una mujer con su esposo medio-paralizado, una nuera con su suegro de más de noventa años. Me siento humillado mirando su cuidado, su entrega al enfermo. Estas familias, sirviendo al enfermo, son signos de la presencia del Reino de Dios en el mundo.

Pero, también hay ancianos y enfermos que están abandonados por sus hijos, sus familiares, sus vecinos. Es una lastima encontrar a una persona abandonada.

Pero ¿Qué hace Jesús? 

Saliendo de la sinagoga, donde él había expulsado un espíritu inmundo, dejando un hombre sano y salvo, entra la casa de Simón y Andrés. 

La suegra de Pedro no puede atenderlos porque está en la cama con una fiebre – enferma. 

 ¿Qué hace Jesús?
Se acerca a ella. 

Acercarse a un enfermo no es siempre fácil – a veces la persona enferma no puede controlar sus funciones corporales y hay un olor tremendo. También, la vulnerabilidad del enfermo nos recuerda de nuestra enfermedad. Recordamos que no somos invulnerables: también, nosotros sufrimos, tenemos enfermedades, vamos a morir. 

Sentimos nuestra incompetencia, no podemos resolver todo en un minuto o como queremos. Tenemos que recordar que nos necesitamos unos a otros. 
“La experiencia de la enfermedad hace que sintamos nuestra propia vulnerabilidad y, al mismo tiempo, la necesidad innata del otro”. (Papa Francisco, "Mensaje para la XXIX Jornada Mundial del Enfermo") 
Pero ¿que hace Jesús? 

Su primer paso: “Se acercó a ella”. 
“La cercanía, de hecho, es un bálsamo muy  valioso, que brinda apoyo y consuelo a quien sufre en la enfermedad”. (Papa Francisco, ibid.) 
La tomó de la mano y la levantó. La fiebre se fue. 

Pero, ¿Qué hizo la suegra, ahora sanada? Se puso a servir – la palabra en griego es diaconar - καὶ διηκόνει αὐτοῖς. 

Creo que este es bien importante.

Dios nos cura, nos perdona, se nos acerca para que podamos vivir su Reino, no quedándonos aislados. Dios nos cura para restaurarnos a la sociedad. Y nos da una misión – ser como él.

Acabamos de bautizarle a Yenifer antes de la Misa y después fue ungida por el santo crisma en Cristo, “sacerdote, profeta, rey” – pero, Jesús es un rey servidor. 

Todos nosotros como bautizados tienen la misión de servir – signos del Cristo el Siervo. 

Sanados, perdonados, Dios nos da la gracia para servir.

Que seamos como Jesús - y como la suegra de Pedro. Como escribió el Papa Francisco:
“El mandamiento del amor, que Jesús dejó a sus discípulos, también encuentra una realización concreta en la relación con los enfermos. Una sociedad es tanto más humana cuanto más sabe cuidar a sus miembros frágiles y que más sufren, y sabe hacerlo con eficiencia animada por el amor fraterno. Caminemos hacia esta meta, procurando que nadie se quede solo, que nadie se sienta excluido ni abandonado”. (Papa Francisco, ibid.) 

Sunday, November 29, 2020

La esperanza

Adviento primer domingo ciclo B 
Isaías 63,16b-17.19b;64,2b-7; 1 Corintios 1, 3-9; Marcos 13, 33-37
Hemos vivido un año difícil. En marzo, cayó sobre nosotros el COVID-19. Hace poco, nos golpearon dos huracanes. Para proteger nosotros y a nuestros hermanos, tuvimos que aislarnos, quedando en casa, en cuarentena, para prevenir – o a lo menos, disminuir – el contagio por el virus. Ha estado difícil. No pudimos reunirnos con familiares, ni en las celebraciones de nuestra fe. Todavía tenemos que mantener la precaución. Pero, los dos huracanes nos golpearon. Muchas personas han perdido sus casas. Hasta la semana pasada, la mayoría del daño fue en la costa Atlántica. La Lima, Cortes, se convirtió en un lago. Miles tuvieron que salir para salvarse. Pero, hace poco hemos visto los efectos del huracán Iota muy cerca. Puentes destruidos, aldeas, como La Reina, Protección, Santa Bárbara, destruidas por derrumbes. Muchas comunidades de la parroquia están aisladas, sin acceso. Hay fincas y casas destruidas. Hay muchas casas en peligro. Es posible que muchas personas tengan que salir de sus hogares, colonias y caseríos, buscando nuevos lugares, construyendo nuevas casa y aun nuevos barrios Pero, en medio de toda la destrucción, de toda la ansiedad y sufrimiento, celebramos el tiempo de Adviento, un tiempo de esperanza. Dios nos ofrece la esperanza. No un optimismo, no un sentimiento que todo salga bien sino la confianza que Dios camina con nosotros en medio de la oscuridad. La esperanza se realiza con fe confianza en la presencia de Dios con nosotros. No somos el pueblo de Israel en la primera lectura que dice a Dios: “Ojalá rasgaras los cielos y bajaras, estremeciendo las montañas con tu presencia.” Ya tenemos la confianza que el Señor ya ha rasgado los cielos y has bajado a vivir con nosotros – en Cristo Jesús. La esperanza, también, nos mueva a la conversión de nuestros corazones y de nuestras comunidades. “Estabas airado porque nosotros pecábamos y te éramos siempre rebeldes. Todos éramos impuros y nuestra justicia era como trapo asqueroso”. Nuestras vidas, nuestras comunidades, nuestro país faltan mucho – especialmente el reconocimiento de la presencia de Dios con nosotros y los rostros oscuros de Dios en los necesitados. También, la esperanza nos lleva al compromiso. No nos quedamos, sentados en nuestras casas, contando con la ayuda de Dios. No, con la ayuda de Dios, salimos de nosotros, de nuestras comodidades, de nuestra pereza y indiferencia. Como el profeta nos dice: “Tú sales al encuentro del que practica alegremente la justicia y no pierde de vista tus mandamientos”. Para hacer personas de esperanza debemos estar alertos, despiertos, para reconocer Dios en nuestras vidas. Esta esperanza no es solamente de la esperanza del cielo o de el último juicio. Cristo vino – si, en Jesús de Nazaret. Cristo vendrá. Cristo viene – en cada momento de nuestras vidas. ¿Estamos alertos? o ¿estamos distraídos por las luces de los mercados, por las promesas de los políticos, por las diversiones de las medias de comunicación? En este tiempo de Adviento, Dios nos llama a reconocer su presencia entre nosotros – en las penas y las alegrías, en las tormentas y en las celebraciones. Velen y estén preparados, porque no saben cuándo llegará el momento. ¡Permanezcan alertas! Cristo viene y se hizo carne entre nosotros.

Saturday, September 12, 2020

Dulce Nombre de María, 12 de septiembre de 2020

 Notas para una homilía 
la fiesta patronal de la parroquia del Dulce Nombre de María, 
Dulce Nombre de Copán, Honduras

Miqueas 5,1-4; Lucas 1, 46-55; Gálatas 4, 4-7; Lucas 1, 39-47


Hoy celebramos el dulce nombre de María, Madre de Dios.

 

Algunos dicen que el nombre “María” – Miriam en hebreo – quiere decir “la estrella del mar”.

      Antes de GPS, los navegantes miraban las estrellas para guiarse en el mar.

María puede ser nuestro guía para la vida, no por sí misma –sino porque ella lleva dentro de sí misma la palabra.

 

¿Quién era? ¿Quién es?

 

Una mujer humilde, campesina, que vivía en una pequeña aldea, Nazaret: una mujer de Dios, dispuesta a decir “si” a Dios

 

María es  una mujer humilde – pero no penosa. Ella es consciente de su dignidad, que viene de Dios, “que ha mirado la humillación de su esclava”, que “puso sus ojos en la humildad de su esclava”.

 

Hay algunos que dicen que el nombre “María” viene de la palabra hebrea que significa “rebeldía”. Me gusta esto. Porque María es una mujer que responde a la llamada de Dios y, por eso, nos presenta un modelo diferente, aun revolucionario, de cómo vivir como hijas e hijos de Dios.

 

Ella quiso vivir la dulzura, la ternura de Dios – nutrida del miel de Dios vivo y no de los endulzantes artificiales.

 

El Magnificat nos enseña lo que Dios hace:

      La misericordia de Dios “llega a sus fieles de generación en generación”

      Dios hace proezas y dispersa a los soberbios del corazón…

      Dios derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes…

      Dios colma a los hambrientos de bienes y a los ricos los despide vacios.

 

Dios está con los humillados, con los sufriendo, con los marginalizados, con los que el mundo descarta. Es un Dios de los empobrecidos.

 

Aunque el mundo pone en alto a los poderosos, a los ricos, a los orgullosos, Dios quiere que todos vivan como hermanos y hermanas en el Reino de Dios.

 

El Magnificat nos enseña como debemos vivir – y podemos ver como María vive el Reino de Dios.

 

Mira la vida de María.

 

Joven, dijo sí al ángel Gabriel y entonces  Jesús “se encarnó de María la virgen y se hizo [carne]” como nosotros.

 

Pero, escuchando que su prima Isabel estaba embarazada, se fue “presurosa” para estar con ella – no pensó de sus necesidades como una joven embarazada, sino salió en búsqueda de su prima y viejita. Pensó de Isabel antes de sí misma.

 

María dio a luz en un establo, entre los animales – no en un palacio, no en un hospital de lujo.

 

María vio a su hijo, Jesús, saliendo de la casa y predicando algo nuevo, el Reino de Dios.

 

María acompaño a su hijo en el camino hasta la Cruz. Al pies de la Cruz, compartió el sufrimiento de su hijo.

 

María vio a Jesús resucitado. Sabía que la muerte no tiene la última palabra. Dios es un Dios de la vida, no de la muerte.

 

María nos muestra la ternura, la compasión, la justica de Dios – que se hizo carne en su vientre. Y ella nos desafía a vivir en una manera diferente – una manera rebelde, una manera de pensar de Dios y de los demás, especialmente a los más necesitados.

 

Nuestro Dios, Jesucristo, nacido de una virgen pobre, de un lugar despreciado; no es un Dios de poder, de dominación, de violencia, de riqueza.

 

Nuestro Dios es un Dios de la misericordia – que quiere que vivamos el amor, la misericordia y la justicia de Dios en nuestras vidas.


Para hacer un resumen del mensaje de la fiesta quiero compartir un poema de un obispo de Brasil, recientemente fallecido, Dom Pedro Casaldáliga:


Decir tu nombre, María

 

Decir tu nombre, María,

es decir que la Pobreza

compra los ojos de Dios.

 

Decir tu nombre, María,

es decir que la Promesa

sabe a leche de mujer.

 

Decir tu nombre, María,

es decir que nuestra carne

viste el silencio del Verbo.

 

Decir tu nombre, María,

es decir que el Reino viene

caminando con la Historia.

 

Decir tu nombre, María,

es decir junto a la Cruz

y en las llamas del Espíritu.

 

Decir tu nombre, María,

es decir que todo nombre

puede estar lleno de Gracia.

 

Decir tu nombre, María,

es decir que toda suerte

puede ser también Su Pascua.

 

Decir tu nombre, María,

es decirte toda Suya,

Causa de Nuestra Alegría

 






Friday, September 4, 2020

Una comunidad en búsqueda de la reconciliación

Los pasos de la paz

Notas para una homilía 
Domingo Vigésima tercera semana
tiempo ordinario ciclo A

Ezequiel 33,7-9

Romanos 13, 8-10

Mateo 18, 15-20

 

 

“Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos”.

 

Dios está aquí. Reunidos en él, nosotros, la iglesia, el Pueblo de Dios, el Cuerpo de Cristo – Él está presente.

 

Pero, tengo una pregunta: ¿Reflejamos la presencia de Cristo entre nosotros en nuestras comunidades, nuestras asambleas dominicales? ¿Cómo podemos mostrar que Dios está aquí?

 

Pablo, escribiendo a la iglesia en Roma, nota lo esencial: “no tengan con nadie otra deuda que la del amor mutuo, porque el que ama al prójimo, ha cumplido ya toda la ley”.

 

Per, somos humanos, somos pecadores; pecamos en contra de Dios y las otras personas –en muchas maneras. A veces no estamos una comunidad unida, sino gente divida. A veces hay personas que no responden a la llamada a la santidad.

 

¿Qué hacer en una situación de falta de concordia y unidad? ¿Cómo responder a la presencia del mal entre nosotros?

 

No queremos conflicto, aunque el conflicto es una parte normal de la vida. Usualmente escogemos una de dos opciones – huimos o peleamos.

 

A veces, callamos para evitar conflicto, pero evitando hacer algo puede hacer la situación peor.

 

A veces, nos separamos de las personas, pero el conflicto puede hacerse como una herida que pudre por no tratarlo y exponerla al aire

 

A veces, peleamos, tratando de dominar al otro, buscando  vindicación o venganza.

 

Huyendo, evitando, peleando – no nos sirve para restaurar la comunidad.

 

Pero Jesús nos ofrece un proceso de restaurar la comunidad, de lograr una verdadera paz y reconciliación – no escondiendo el problema, el conflicto o el mal, pero buscando una manera de transformar la situación, promoviendo la restauración de relaciones entre la comunidad.

 

Jesús primero nos propone que acerquemos a la persona, a solas, cara a cara. No hablamos mal de la persona con otras personas, chismeando, y echándole la culpa. No evitamos de hablar directamente. Vamos al encuentro con la persona. No vamos a regañar, sino para ganarlo al otro como hermano, como hermana.

 

A veces, queremos preferimos castigarle a la persona. “Tú estás haciendo mal. No debes seguir en esto”. En estos momentos nos ponemos como jueces, como los buenos. No buscamos el bien del otro, sino nuestra superioridad, tratando de justificarnos. Somos los buenos.

 

Más bien, debemos acercarnos como hermanos-  no regañándole sino buscando caminos de reconciliación.

 

Pero,  a veces, el encuentro personal no sirve. En esto caso, Jesús sugiere que vayamos con una o dos otras personas. No vamos para presionarle al otro, sino para decirle que no es un conflicto personal pero es algo que afecta muchas personas. Nosotros queremos la reconciliación con él. Los dos o tres podemos mostrarle que nos preocupamos de él y su situación. No queremos dominarlo o presionarlo a hacer lo que pensamos. Venimos para estar con él, ayudándole a volver a la harmonía de la comunidad. ¿Por qué? Porque lo amamos como hermano, como hermana.

 

Si este no sirve, debemos buscar la ayuda de la comunidad, de la iglesia, no para castigarlo o echarlo afuera. Involucramos la comunidad no para castigarlos o para darle pena. Lo acercamos porque lo amamos y queremos su presencia entre nosotros.

 

Si todavía no hay cambio, no hay reconciliación, ¿qué hacer?

 

Hay que tener cuidado, porque a veces hemos torcido o malinterpretado las palabras de Jesús. A veces hay una mal traducción, como hoy. La traducción más fiel al texto griego es “Sea para ti como el pagano o el publicano”.

 

Muchas veces hemos dicho que deberíamos apartarnos de el.

 

Pero, tengo una pregunta muy concreta: “¿Qué hizo Jesús con los paganos y los publicanos?”.


Se acercó a ellos.

 

En, a los menos dos veces, Jesús sanó a la hijo o el siervo de paganos como hemos escuchado hace tres domingo con la mujer cananea.

 

Y, cuando Jesús se encontró con el publicano Mateo y el publicano Zaqueo, ¿qué hizo? Se invitó a cenar con ellos. No se puso encima de ellos, sino buscó una experiencia de acompañar al publicano.

 

En todo Jesús quiere restaurar relaciones, buscar lugares de hospitalidad para que la otra persona pueda encontrar una salida de su situación del pecado, de aislamiento.

 

Esto no quiere decir que no debemos buscar justicia. No, debemos buscar la justicia – no para tener venganza sino para la conversión del pecador, de la reintegración del pecador en la comunidad.

 

No estoy diciendo que tenemos que aguantar la injusticia, la opresión, la violencia. La mujer o niña abusada debe buscar la justicia para terminar con su sufrimiento. No hay reconciliación sin justicia. A veces la mujer tiene que salir de una situación de abuso. Pero, en todo, debemos buscar la salvación – de nosotros y del pecador.

 

¿Por qué? Porque tenemos un Dios que se hizo carne y dio su vida para reconciliaros con Dios y con nuestros hermanos y hermanas. Dios no dejó que el pecado siga. Vino para mostrarnos el camino – el camino de amor, el camino de justicia, el camino de reconciliación y el camino de vida en abundancia.




Sunday, August 23, 2020

¿Quién es Jesús para ti?

Notas para una homilia

Vigésima primera semana del tiempo ordinario, ciclo A
Isaías 22, 19-23
Romanos 11, 33-36
Mateo 16, 13-20

¿Quién es Jesús para ti?

“¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?”.

¿Que ha escuchado? ¿Que dice el chisme? ¿Qué es la doctrina?

Mucha gente identificaba a Jesús como un profeta,  un hombre bueno, un sanador.

“la catequesis persigue el doble objetivo de hacer madurar la fe inicial y de educar al verdadero discípulo por medio de un conocimiento más profundo y sistemático de la persona y del mensaje de Nuestro Señor Jesucristo”. (Directorio de Catequesis 2020)

“Sólo somos cristianos si nos encontramos con Cristo.” (Benedicto XVI, 3 septiembre 2008)

Pero, Jesús tiene otra pregunta: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”.

¿Qué dice?

¿Solamente una doctrina, algo que escuchó en la catequesis o en la iglesia?

Simón Pedro dijo, “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

Pedro tal vez recordó su experiencia con Jesús – la llamada al lado del mar, la curación de su suegra y, aún, como Jesús lo rescató de hundirse cuando el caminaba sobre el mar.

“…esto no te lo ha revelado ni carne ni sangre [ningún hombre], sino mi Padre, que está en los cielos!”

¿Estamos abiertos a la revelación de Dios? O ¿queremos encajarlo a Jesús?

Vamos a escuchar en el evangelio que Simón Pedro tenía su propio entendimiento del Cristo, el Mesías – uno que vino para una liberación solamente política, usando las fuerzas de dominación y violencia para derrotar a los romanos.

Pero Jesús vino para sufrir con nosotros, venciendo a la violencia con la fuerza del amor.

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El Mesías iba a sufrir – y también nosotros los seguidores de Cristo.

Hay que recordar lo que escribió San Pablo a los romanos:

¡Qué inmensa y rica es la sabiduría y la ciencia de Dios! ¡Qué impenetrables son sus designios e incomprensibles sus caminos! ¿Quién ha conocido jamás el pensamiento del Señor o ha llegado a ser su consejero?

Pero, este es un don de Dios, una revelación del Padre. No viene de la sabiduría solamente humana. Queremos a tener un Dios según nuestros deseos. Pero Dios es más que esto.

Para nosotros, hay que abrir nuestros corazones a la inspiración del Espíritu, a la voz de Dios que nos viene en muchas maneras – en la celebración de Dios en la Misa y en los sacramentos, en la Palabra de Dios y la enseñanza de la Iglesia, en lo intimidad de nuestro corazón.

Al centro – el encuentro con Dios.

Dios está siempre con nosotros, pero a veces no lo reconocemos. A veces tenemos que pedirle a Dios a purificar nosotros de nuestras ideas limitadas y abrir nuestros corazones para reconocerlo cada día.

San Ignacio Loyola nos ha dejado un herramienta para esto. Muchos entendemos la importancia del examen de la consciencia, especialmente antes de confesarnos. Pero, San Ignacio recomendó que examinarnos cada día – no comenzando con nuestros pecados. Después de pedir la ayuda del Espíritu Santo, revisamos el día, notando los momentos en que Dios se manifestó en nuestras experiencias – mostrándonos su presencia con nosotros o mostrando su amor en nuestras acciones. Conscientes de las maneras por las cuales Dios estaba presente en nuestra vida diaria, damos gracias a Dios por la gracia que nos brinda.

Este puede ayudarnos de reconocerle a Cristo y a responder a él, reconociendo su presencia en nuestras vidas.