Tuesday, January 17, 2017

Bautizados en el Espíritu

Isaías 49, 3.5-6
Salmo 39
1 Corintios 1, 1-13
Juan 1, 29-34

Notas para una homilía, segundo domingo tiempo ordinario A,
en la iglesia de San Antonio, Dulce Nombre de Copán, Honduras 

Escuchando las lecturas de hoy podemos pensar de dos preguntas:
      ¿Quién es Jesús?
      ¿Quiénes somos?

En el evangelio, Juan, encontrándose con Jesús, lo identifica como “Cordero de Dios”.
      Recordando el cordero de la Pascua de los judíos y su éxodo de la esclavitud de Egipto
Recordando el profeta Isaías que identifica el siervo de Dios como un cordero llevado al matadero.

El Cristo, el Mesías, Jesús, ha venido para dar la vida. Es un Dios de tanto amor y misericordia que murió por nosotros. No es un dios que regaña, que acusa, que mata – es un Dios de la vida, que se entregó la vida, derramando su sangre por nosotros.

El profeta Isaías nos da dos otras perspectivas del Cristo.
      Es siervo de Dios, que manifiesta la gloria de Dios en el servicio.
Como Jesús dijo, “No he venido a ser servido, sino a servir y dar la vida para el rescate de los muchos”.
Viene como servidor, para abrir los caminos de misericordia.
Es luz de las naciones, “para que mis salvación llegue hasta los últimos rincones de la tierra”.
Es un Dios para todos, especialmente los que andan en las tinieblas.
Viene para abrazar todo el mundo, mostrando en su persona la Luz de Dios.

También Jesús es el que ”ha de bautizar con el Espíritu Santo”.
      El bautismo de Juan era un bautismo de arrepentimiento, de conversión.
Pero, el bautismo de Jesús es diferente. Lastimosamente, no hemos entendido bien este bautismo de Jesús. Pensamos que es solamente un bañado para quitar el pecado.
Si es, pero es más.
El bautismo con el Espíritu Santo: “”La metáfora sugiere que Jesús comunica su Espíritu para penetrar, empapar y transformar el corazón de la persona”.

San Pablo dice que Dios nos “santificó en Cristo Jesús” y nos hace “su pueblo santo”. Bautizados con el Espíritu Santo somos injertados en Cristo, somos adoptado por el Padre como “hijos e hijas de Dios” y somos llenados del Espíritu.

Entonces, ¿Quiénes somos como bautizados con el Espíritu de Jesús?

Somos un pueblo nuevo, un pueblo santo.

Y, por eso, debemos vivir como un pueblo nuevo y santo.

Hemos sido bautizados con el Espíritu. Pero, ¿qué quiere decir eso?
Escuchamos las palabras del Padre José Antonio Pagola:

      El Espíritu de Jesús es «Espíritu de vida».
            Por eso… El Espíritu puede potenciar en nosotros una relación más vital con él.

      El Espíritu de Jesús es «Espíritu de verdad».
No dejamos engañar por falsas seguridades. Recuperar una y otra vez nuestra identidad irrenunciable de seguidores de Jesús. Abandonar caminos que nos desvían del evangelio.
      El Espíritu de Jesús es «Espíritu de amor»,
[Un amor] capaz de liberamos de la cobardía y del egoísmo de vivir pensando sólo en nuestros intereses y nuestro bienestar. Dejamos bautizarpor él es abrirnos al amor solidario, gratuito y compasivo.
      El Espíritu de Jesús es «Espíritu de conversión» a Dios.
Dejamos bautizar por Jesús significa dejamos transformar lentamente por él. Aprender a vivir con sus criterios, sus actitudes, su corazón y su sensibilidad hacia todo lo que deshumaniza a los hijos e hijas de Dios.
      El Espíritu de Jesús es «Espíritu de renovación».
Dejarnos bautizar por él es dejamos atraer por su novedad creadora. El puede despertar lo mejor que hay en la Iglesia y darle un «corazón nuevo», con mayor capacidad de ser fiel al evangelio.

¿Dejamos que el Espíritu de Jesús nos penetre?
      ¿Dejamos que la novedad de fe en Cristo nos impulse?

¿Estamos dispuestos a decir lo que dicen los que van a ser bautizados o confirmados y que hemos rezado en el salmo responsorial?

“Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.




Saturday, December 24, 2016

Dios pobre, conocido en lo sencillo

Isaías 9, 13-, 5-6
Tito 2, 11-14
Lucas 2, 1-14

Notas para una homilía en la Natividad del Señor: Misa de media noche



Dios hecho pobre

En medio de la oscuridad, Dios se hizo pobre, carne, en un niño, un bebé. No llego en un palacio, ni en una mansión.

Aunque es Dios, decidió acercarse a nosotros como un pobre niño.

Este es algo maravilloso, una paradoja. El rey baya. No quiso una mansión; vive entre nosotros, tal vez como en una casa de bahareque. Porque él quiere estar con nosotros.

Dios se encuentra en lo sencillo

Los pastores, marginados de su día, reciben las primeras noticias. La gloria de Dios los envolvió. Un ángel les dijo que tenía buenas noticias, de un evento que iba a darles alegría, no solamente para ellos, sino para todo el mundo.

Pero la Gloria de Dios se revela en un niño, un niño como muchos niños (aún sin pecado) – envuelto en pañales y recostando en u pesebre.

En lo sencillo, lo cotidiano, Dios viene. Pero en una manera diferente – un niño recostado en un pesebre porque no había lugar en la posada.

Como el Papa Francisco dijo en su homilía hoy:
“Este es el signo de siempre para encontrar a Jesús. No sólo entonces, sino también hoy. Si queremos celebrar la verdadera Navidad, contemplemos este signo: la sencillez frágil de un niño recién nacido, la dulzura al verlo recostado, la ternura de los pañales que lo cubren. Allí está Dios”.

Tenemos que acercarnos al pesebre. Como dijo el papa:

“…para encontrarlo hay que ir allí, donde él está: es necesario reclinarse, abajarse, hacerse pequeño”.

Reconociéndole  a Dios en el niño Jesús y en los niños

Tenemos que ir a adorarle – como los pastores. Creo que ellos no fueron al Mall para comprarle un regalo para el niño. Su don fue su presencia, su adoración y, después de irse a toda prisa a encontrar a María, a José y el niño, contaron lo que pasó en el campo. Salieron alabando y glorificando a Dios. Su regalo al niño Jesús fue su presencia con él.

Este implica la necesidad de acercarnos a Dios, y a los demás. Como dijo el Papa,

Dejémonos interpelar por el Niño en el pesebre, pero dejémonos interpelar también por los niños que, hoy, no están recostados en una cuna ni acariciados por el afecto de una madre ni de un padre, sino que yacen en los escuálidos «pesebres donde se devora su dignidad»…
Dejémonos interpelar por los niños a los que no se les deja nacer, por los que lloran porque nadie les sacia su hambre, por los que no tienen en sus manos juguetes, sino armas.

El niño Jesús viene, con una misión que nos da esperanza

El niño Jesús nació para nosotros, pero tenemos una misión

Como dijo un teólogo suizo (Hans Urs von Balthasar):

“… para encontrar a Dios, el Hombre cristiano es puesto en las calles del mundo, es enviado a los hermanos encadenados, pobres, a todos los que sufren, tienen hambre y sed, están desnudos, enfermos o presos. Ahí está en adelante su sitio; con todos éstos tiene que identificarse. Ésta es la gran alegría que se le anuncia hoy, porque de esta manera nos envió Dios un Salvador. Y si todos nosotros somos los pobres y cautivos que necesita la liberación, somos también al mismo tiempo los que participan en la alegría de la salvación y son enviados a los pobres encadenados”.

No importa si somos como los pastores, los marginados e incultos de su tiempo.

Dios nos da una visión y una promesa, que escuchamos en la primera lectura:

“Un niño nos ha nacido…Consejero admirable,… Príncipe de Paz..”

Porque tenemos un Dios que quiebra el pesado yugo, la barra que oprime sus hombros, el cetro del tirano. Y, “las botas que hacían retumbar la tierra y los mantos manchados de sangre serán quemados”… (Isaías 9,3-4)

Entonces, Dios nos da una visión, una misión – no importa si somos como los pastores. Cada persona puede hacer algo para el Reino de Dios.

Pero la misión tiene que comenzar acercándonos a Jesús en el pesebre. Allá podemos  aprender de él como vivir, recordando lo que escribió Pablo a Tito:

Él se entregó por nosotros para redimirnos de todo pecado y purificamos, a fin de que convertirnos en pueblo suyo, fervorosamente entregado a practicar el bien.


Sunday, December 18, 2016

Ajaz y José frente a lo inesperado


Isaías 7, 10-14
Romanos 1, 1-7
Mateo 1, 18-24

Notas de una homilía, el cuarto domingo de adviento, ciclo A

Hoy tenemos un contraste entre dos hombres de la Biblia, el rey Ajaz y el carpintero José. Respondieron muy diferente frente a lo inesperado.

En su comentario sobre las lecturas de hoy, Gustavo Gutiérrez, O.P., escribió:

Cuando pensamos que todo discurre “normalmente” no somos capaces de percibir lo nuevo. Lo imprevisto rompe nuestras esquemas.

Pero, Dios nos acerca en maneras no esperadas.

Ajaz, fue el rey de Judá, en Jerusalén, una ciudad sitiada por sus enemigos. Están en apuros. El rey busca una alianza militar con los Asirios como manera de salvar a la nación.

Pero, Dios le invita a pedir un señal. Pero, disimulando la piedad, dice, “No tentaré al Señor”.

No es la repuesta de una persona que pone su confianza en el Señor, porque Ajaz ya había puesto su confianza en la supuesta seguridad de armas y de alianzas políticas y militares. Pensó de conseguir la salvación del país por armas. No quiere cambiar sus planes, no quiere algo nuevo. No quiere pedirle algo diferente de Dios. Tiene sus planes y no los va a cambiar.

Pero, la promesa de Dios es algo raro: un niño va a nacer, “Emmanuel”, Dios-con-nosotros.

José también enfrenta una situación difícil. María está embarazada – y el hijo no es suyo. ¿Qué hacer?

Yo pienso que José fue un poco enojado, muy perturbado. Según la ley, una mujer adultera debe estar apedreada. Pero José quitó cualquier idea de castigarle a María. Y creo que él la amó tanto que no quiso que ella sufriera cualquier tipo de daño.

Pero, en un sueño, recibe un mensaje de un ángel, un mensaje desconcertante.

Pero, José, abierto a Dios, acepta María como esposa y acepta su niño como suyo.

El nombre del niño es Jesús – que quiere decir “Dios salva”. No salva por las armas o las alianzas con los poderosos, los ricos o los militares.

Y el niño será “Dios-con-nosotros”, como prometió Isaías.

La diferencia con Ajaz es, para mí, muy evidente. Ajaz pone su confianza en sus esfuerzos, más que todo esfuerzos de hacer alianzas con los poderosos, los ricos y los militares.
José puso su confianza en la palabra de Dios que recibió en un sueño, una palabra de un Dios que quiere estar con nosotros.

Pero, la presencia de Dios-con-nosotros no nos da la seguridad de armas y alianzas militares y políticas. No. José, María y el niño Jesús van a sufrir – recuerda que Jesús nació en Belén y después la sagrada familia tuvo que huir al Egipto.

Y María va a verle a su hijo crucificado.

La promesa de Dios no es una promesa que vamos a escapar el sufrimiento. Dios nos promete de estar con nosotros, aun frente a la violencia, la pobreza, el sufrimiento – no importa la situación. Y entonces podemos vivir con esperanza y con confianza en Dios. Podemos ser apóstoles como Pablo quien recibió la gracia del Dios vivo.

Al fin de la segunda lectura, Pablo ofrece una bendición:

A quienes Dios ama y ha llamado a la santidad, les deseo la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y de Jesucristo, el Señor.

Nuestra seguridad se encuentra en la gracia y la paz de Dios que nos ama y nos ha llamado a la santidad, a la vida con Él.

Allí se encuentra la verdadera seguridad – como José sabía.